La rana ramera
Se ha muerto la rana de Doña Matilde.
Al fondo del patio la han ido a enterrar.
Todos los sapos se visten de luto
y croan sus cantos de inmenso pesar.
La rana era blanca y muy pretenciosa.
La muy platanera, de curvas preciosas,
vendía sus ancas cual rana ramera.
Murió en una noche de primavera,
aplastóla un coche de ruedas severas.
Para ser más sincero, un coche no era
sino una gandola de carga pesada
que iba soplada por la carretera.
Después de aplastarla emprendió la huida
y la pobre ranita, estando aún con vida,
gritó: «Mamaíta, me voy para arriba.
Salúdame al sapo de glande baboso.
Decidle que nunca lo olvidaré,
y al sapo borracho de cara manchada:
que no fue nada, ya lo perdoné.
Al boca de bagre, que fue delicioso
y a su compadre, un sapo muy mozo,
decidle sin miedo que fue bochornoso.
l sapo gordito que mientan lipón,
pobrecito, no le digáis nada;
lo tiene aplastado y tan cabezón
como una empanada de renacuajón.
Me voy, mamaíta, me voy para el cielo
y no me arrepiento de lo que hice.
Amé a los sapitos del riachuelo
buscando el consuelo que tanto quise.
Si no lo encontré no me ha de importar,
ya que estoy saturada de tanto tirar».
Y la pobre ranita, todita aplastá,
gritó: «¡Mamaíta, ya, yo, ya!».
Fuera, mojón
¡¡Fuera mojón!!
¡Hazlo deprisa!,
que hoy beberé hasta saciarme,
pues quiero del mundo olvidarme.
Ya nada en la vida me da risa.
Mis intestinos pesan
como cemento
y se me hinchan
hasta las manos.
Fuera de mí, ¡maldito excremento!,
que hoy quiero sentirme liviano.
¡Vamos, ano!
Abre cuanto puedas tus paredes.
Si sangras, no será en vano.
Yo sé que tú puedes.
¡Ayúdalo, esfínter!,
que te siento nulo
y ustedes, flácidas nalgas,
¡¡Vamonó a apretá ese culo!!
Despierta, Berta
Mi amor,
mi amor,
¿estás despierta?
Perdona.
Hazme un gran favor:
tengo mucho escozor,
ráscame con fuerza,
que me pica aquí,
entre el esfínter y el escroto.
O sea, la zona muerta,
pasando por la ingle,
hasta la punta del pipí,
se sollaman los hijares
y me da calor.
Berta, mi amor,
despierta.
Tengo la boca tuerta
y las manos enyesadas.
Del tiro tengo diarrea y ya me viene la cagada.
Sin tu ayuda
no podría ni limpiarme,
ni siquiera masturbarme,
ni nada.
¡Berta, mi amor, despierta!
Que el desespero me tiene loco.
Tengo una nalga embarrada,
la otra me arde
de tanto frotarme
con el filo de la cama.
Sé bien de mi condición insana.
Pero, si no me equivoco,
juraste ante el altar
que nunca ibas a abandonarme,
que ni muerta me dejarías…
Entonces,
Berta, mi amor, despierta.
Deja la tontería
y venme a rascar,
que me pica la zona muerta
¡Berta, mi amor,… me arde!
¡Berta!
¡¡¡…no huyas, cobarde!!!
Sonetos de la gula
Entra apuradita al restaurante,
grandota y generosamente obesa.
Investida de glamour interesante,
una hembra que sí vale lo que pesa.
Ha llegado con fatiga y mucha hambre.
Muy contenta, va y se sienta la gordita;
la rodean mesoneros, cual enjambre.
Ella ordena sus manjares trogloditas:
«un cochino bien horneado, como entrada.
Como plato principal, una fabada.
Un pocillo de mondongo, si es posible.
Un pisillo de cangrejo con pimiento,
sin cebolla, por aquello del aliento,
pues mi panza es delicada y muy sensible».
No mastica, no degusta, traga entero;
desespero al verla toda emocionada.
Descarada, llama a cinco mesoneros,
mientras bebe alegremente limonada.
Ella sigue con su gula incontrolada.
Por momentos, se detiene y regurgita
pedacitos de croûton de la ensalada
y un fluido de aguacate con vainita.
El glamour se le ha perdido por completo.
Ya no es digna ni siquiera de respeto.
Sudorosa, masa amorfa que bosteza.
Eructando aquellos gases mal olientes,
un palillo se ha metido entre los dientes,
y ni piensa levantarse de la mesa.
Hace un gesto de evidente desespero,
en su rostro se dibuja la impaciencia,
pide a gritos el menú del pastelero,
pues los dulces le remuerden la conciencia.
«Una torta de tres leches, sin canela,
una copa con helado de ron pasa,
huevos chimbos con capita de nutella,
y por supuesto: el quesillo de la casa».
Me doy cuenta que algo raro está pasando.
Mesoneros van y vienen sollozando.
Se oye un grito, parecido al del cochino,
cuando quiebran su cabeza con un palo.
Qué momento tan terriblemente malo:
se está ahogando, por tragarse todo el vino.
Sonetos para el metro de Caracas
En el Metro de Caracas se cocinan
unos caldos concentrados, sudorosos.
Un fluido saladito de vagina
y un hedor a peo líquido, baboso.
Hacinados en vagones malolientes,
clima denso, por demás contaminado.
Para colmo, se me acerca un indigente
y me pide, con descaro, real prestado.
Una gorda de increíbles dimensiones
se me encima y me aplasta los cojones;
mas la joven que me observa, pide ayuda.
Pero todos los usuarios inmutados
se han quedado indiferentes. Congelados.
Sobre mí, sigue la gorda como un Buda.
Pobre Metro, cómo te han deteriorado.
Tus pasillos y columnas son ejemplo
de un mensaje que me tiene atormentado
y pensar que en el pasado ¡fuiste un templo!
Los usuarios que te pasan por encima,
los suicidas que de pronto dan sorpresas,
una loca poco a poco se aproxima,
un bebé que regurgita en tu cabeza…
Qué tristeza tan profunda llevo dentro,
voy buscando explicación y no la encuentro.
Dirigencia tan mediocremente lerda.
Sin embargo, yo no tengo más remedio
que seguir en la rutina de mi tedio,
por el triste transitar del ¡Metro’e mierda!
Andrés Barrios (Caracas, 1961) estudió música en el conservatorio José Ángel Lamas en Santa Capilla, Caracas. En 1986, obtuvo mención de honor en el concurso Vinicio Adames de la ciudad de Barquisimeto por su composición coral: «En el cementerio» y en 1989, el Premio Municipal de Música por su obra vocal Stabat Mater, para coro mixto a capella.
Ha escrito piezas para cuartetos y quintetos de viento-maderas, así como un amplio repertorio para música coral. La editorial del Estado, El perro y la rana, le publicó un cuaderno de cánones para la iniciación de los niños en el canto coral. Es fundador del trío de humor y música Los Hermanos Naturales, así como del ensamble Decimonónico XIX, agrupación especializada en la interpretación y difusión de la música venezolana del siglo XIX. Con Bartolomé Díaz Sahagún forma el dúo El taller de los Juglares, musicalizando poemas infantiles de Eugenio Montejo, Chamario y, entre 2013 y 2014, poemas de Francisco José Cruz, bajo el título de Con nuestras voces muy juntas. Siendo autodidacta en el campo de la plástica, ha participado en distintos salones de Arte, en exposiciones colectivas e individuales.
Amante de la poesía grotesca, publicó Poemas tomados (Arteascopio, Caracas, 2006) y Sonetos y aquellos (Libros del fuego, Caracas, 2014).


