«Carajo, todo el mundo a descubrirse, acaba de nacer un gran poeta en Colombia». Con esas palabras, algún día –tal vez de 1920–, Luis Tejada, encaramado sobre una mesa del Café Windsor, y «echando al vuelo su sombrero de anchísimas alas», le dio a Luis Vidales su carta de ciudadanía poética: así lo cuenta el propio Vidales en su prólogo –«Confesión de un aprendiz del siglo»– a la segunda edición de Suenan timbres que publicó el año pasado Colcultura.

«Si me esforzara, diría candorosamente que soy un fracasado. Intenté remedar a quienes más me gustaban (y me siguen gustando), entre ellos a Villon, Rimbaud, Reverdy, Vallejo. Y nada. Hasta que un día lancé un berrido interior, que son los peores de todos: no soy un poeta, ni soy nada, carajo. Se es siempre aprendiz y yo jamás me he considerado un maestro. Mi condición de explorador incansable no la cambio por nada del mundo. A mí me han dicho de todo. Desde las exaltaciones más estremecedoras hasta… Botija verde. En lo que toca conmigo, contrito pecador de lesa poesía […] me acuso de practicar preconcebidamente mis invenciones para contradecir el criterio que comúnmente se tiene de la poesía. Suenan timbres es un libro de demolición. Suenan timbres, por ello, es una honda protesta contra esa hipócrita gravedad que no entiende la jerarquía sino transferida al estatismo de origen divino. Suenan timbres es un compromiso. Otra fuente de mi inspiración: la calle. No sé qué pasaría si la gente supiera cuánto le debo; cuánto la plagio. La deformación imperialista me quema. Hay una etapa de mi preocupación poética cuya fiebre sube de punto al ritmo de la destrucción del país por la codicia extranjera. Creo con todas mis fuerzas en el milagro poético».

Lo anterior, que parece un monólogo deshilvanado, de duermevela, medio delirante, son frases de Vidales que he cogido al vuelo, arbitrariamente, del prólogo al que aludí líneas atrás, porque me parece que sirven para dibujar a ese poeta que en 1926 publicó un libro insólito dentro del panorama literario de entonces: Suenan timbres. Vidales nació en Calarcá, en 1904. Ha sido profesor universitario, ha hecho crítica de arte y se ha desempeñado como director nacional de Estadística en Colombia y como asesor técnico de la estadística en Chile, donde residió durante varios años. Sus compañeros de generación, entre otros son: León de Greiff, Rafael Maya, Germán Pardo García, Jorge Zalamea, Luis Tejada, Ricardo Rendón.

—Usted señaló alguna vez a Los Nuevos como la generación «iconoclasta» de este siglo en Colombia. Según entiendo, esa generación coincide en lo literario con el movimiento vanguardista. Sin embargo, salvo en lo que a usted se refiere, los miembros más destacados de aquella continuaron el Modernismo en sus distintos matices. Por otra parte, de ninguna manera puede hablarse siquiera de una renovación de estilo con respecto a la política tradicional por parte de Los Nuevos. ¿Iconoclasta, entonces, en qué sentido?

—Iconoclasta en un sentido más amplio que el vanguardismo; iconoclasta en un sentido más amplio que el de grupo. Suele decirse: «el grupo de Los Nuevos». No. Se trata de una generación. En poesía, ni De Greiff ni Rafael Maya ni ninguno, pueden calificarse de modernistas a secas. El Modernismo es un movimiento latinoamericano que tiene una modalidad específica: la de haber transformado el Parnasianismo engallado en Heredia, de exaltación de lo heroico bajo los modelos greco-romanos, en la «heroicidad» de la vida casera: el boato de la vida, la divinización de la mujer, el revestimiento suntuoso de la existencia. Contra eso vinimos nosotros: tanto De Greiff, como Maya, como Pardo García, como todos los nuestros. ¿De dónde venía esa predisposición en nosotros? Sencillamente del cambio de los tiempos. Aquella poesía de color «rosado» –de las piedras preciosas, de los trajes de recamado viso, de la tapicería deslumbrante– se había formado cuando se anunció en los meandros de la economía la llegada de la felicidad humana, con la aplicación de la máquina perfeccionada moderna, accionada por la electricidad, que «liberaría al mundo del rudo trabajo». De esa poesía del nuevo ciclo de las mercaderías, así como suena, fue su personero epónimo –no lo citemos sino a él– el italiano Gabriele D’Anunzzio. Los ejemplos americanos son Darío, Valencia, un poco el iniciador José Asunción Silva.

Ahora bien, cuando nosotros llegamos, este anuncio del Edén había mostrado su cañamazo, y olía a chamusquina. Además, aquel era otro episodio de la transformación de los dioses del Olimpo, a su domesticidad en los bibelots de adornos de mesa. Pero esto es solo una de las expresiones del cambio.

El mundo salido de la Primera Guerra Mundial era otro. Y entre nosotros se pasó entre 1920 y 1930 a una nueva Colombia de «otros»: lo fue de España, lo fue de Inglaterra, pasó a ser de los Estados Unidos. Y lo uno y lo otro –lo universal y lo particular del país– todo nos conformó a todos en una generación. Todos fuimos inconformes. Esta iconoclastia nos unió a todos en un haz, lo mismo a De Greiff en la insurgencia contra lo establecido, que a Maya en su temática; lo mismo a quienes formamos el primer grupo comunista que a los «Leopardos» de Daudet y Maurras, estos dos excomulgados por el Papa. Todos fuimos revolucionarios. Todo el país joven lo fue. Y todo Colombia fue iconoclasta: la caída de la hegemonía conservadora de 45 años de suyo lo prueba. Esta es la inmensa honda de la cual provenimos Los Nuevos.

—¿Cómo explica que usted haya sido el único de su generación que pudo romper con el Modernismo y recibir las influencias literarias de su época? Le aclaro que, para mí, León de Greiff, a quien con frecuencia consideran un poeta vanguardista, es, simplificando, un simbolista incontaminado, de la escuela «decadente», para más señas.

—De Greiff es gran poeta, pero no lo que se considera como vanguardista. En cuanto a mí, creo que se trata de un asunto de temperamento. Esto podría tener una explicación sumamente extensa. Para abreviar, le cuento que mi modo de ser me coloca a cierta distancia de la gente, aún en el caso de los miembros de mi generación. Hay un límite en mi sicología que nadie puede trasponer. Esa distancia me define, sin que quiera decir que no me inunde una cariñosa camaradería hacia ellos. En general, estoy traspasado por un intenso amor universal: al ser humano y a todo cuanto vive y contemplo. Pero su pregunta me conduce a un mundo muy complejo. Yo era un chico de la provincia; el contraste de Bogotá, agresivo, me lleva a darle a ella una respuesta: ponerme en su contra. Y en contra precisamente de cuanto se estaba muriendo, y que acabó por morirse. Siempre he oído decir que soy diferente. «Tú eres diferente a nosotros», me decían en Los Nuevos. En la Contraloría, en el Dane, donde quiera que he trabajado, siempre me han tratado lo mismo. Creo que eso me ha ayudado en parte. Y en mi hogar se me tuvo por un consejero desde los más tiernos años. La verdad es que depende más de Los cantos de Maldoror que de la vanguardia de la primera posguerra; más de Rimbaud que de Apollinaire; más del «Gran testamento» de Villon que de Dada.

Si le digo que mi paso al verso libre se debió a un poema ultraísta –malo, de no sé quién– leído de refilón en una revista, es posible que usted no lo crea. Pero fue así.

—Al hablar de su poesía se la señala como surrealista. Esta es para mí una clasificación arbitraria, que no responde en absoluto a sus características. ¿Qué dice usted?

—A excepción de la influencia que haya podido provenir de Villon, de Rimbaud, de Ducasse, de muchos de otras orbitaciones poéticas y, desde luego, de Tejada, por su ejemplo y su guía, no sé que mi poesía pueda llamarse vanguardista. Es, sencillamente, una ruptura de lo retórico, pero nomás. Bastaría comparar el universo y la manera de tratarlo que se transparenta en Suenan timbres con cualquier obra del Dadaísmo, del Futurismo, del Ultraísmo, para ver la diferencia; y en cuanto a la calificación que se me da de surrealista, puedo decir que mi transformación poética se hizo antes de la aparición del Primer Manifiesto Surrealista, si no estoy equivocado en las fechas.

—¿Cómo concilia Luis Vidales su vocación poética con esa otra tan aparentemente opuesta, cual ha sido su trabajo burocrático que tuvo siempre que ver con la estadística?

—Mire, María Mercedes: entiendo por burócrata al tipo que trabaja mecánicamente o con desgano –o no trabaja– por ganarse un estipendio del cual arbitra el sustento suyo y de su familia. Mi trabajo en la estadística está tan íntimamente vinculado a mi placer de creación, del descubrimiento del mundo, que no lo separo en lo más mínimo de mi labor poética. Es la misma alegría del hallazgo, la misma comprobación de que la poesía se encuentra en el «misterio», es decir, en lo que no conocemos y de pronto destapamos. De esta suerte, he tenido la fortuna, en mis 33 años de actividad estadística, aquí y en Chile, de trabajar no para un patrón (por eso compadezco a los obreros), ni para un gobierno siquiera, sino –en Colombia, para un país– y en Chile, para mi adhesión a la unidad latinoamericana… que un día será realidad.

—¿Cómo ve usted las más recientes manifestaciones poéticas en Colombia? ¿Cree que el conservadurismo, que por lo general ha caracterizado a este género dentro del contexto de la literatura latinoamericana, sigue reinando entre nosotros?

—La nueva generación poética de Colombia (y usted está ahí) merece todo mi aplauso y toda mi consideración. No creo en su «conservadurismo». Bien es cierto que no siempre llega al estremecimiento de los grandes problemas que están sacudiendo a nuestro tiempo. Pero me explico sus limitaciones por las de la historia del país, colonial de España, colonial de Inglaterra, colonial de Estados Unidos. No obstante, la organización misma de la forma poética –de simultaneísmos– está mostrando la frontera con toda poesía vieja. Y es lo llamativo, que aunque la joven poesía colombiana quiera estar ausente de los contenidos manifiestos de la vida actual, en la estructuración de los poemas que está creando se transparentan los contenidos comunes, de unificación de lo distante, que están sacudiendo el profundo devenir de nuestra época.

[Extracto tomado de la revista Nueva Frontera n.º 118 (Bogotá, 16 de febrero de 1977)]