Pocos músicos, como Amancio Prada, han hecho de la poesía el corazón de sus creaciones musicales, con una trayectoria tan sostenida y coherente. La revista Palimpsesto reconoce hoy con su presencia la excelencia de su arte y su fidelidad a los poetas.
Recuerdo que el primer concierto al que asistí de Amancio Prada, ya en mi lejana juventud, se celebró en el Patio de las Monterías del Real Alcázar de Sevilla, noble lugar de nuestro patrimonio histórico, como lo es, sin duda, este convento de Santa Clara, en Carmona, modelo arquitectónico, por cierto, para algunos macroconventos americanos. La amplitud de miras de Amancio Prada es realmente abarcadora. Su rico repertorio nos lleva de los romances anónimos medievales a los sonetos del amor oscuro de Federico García Lorca, del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz a los Cantares gallegos de Rosalía de Castro, pasando por las Coplas de Jorge Manrique e incluso temas propios. Poetas que, aunque distantes en el tiempo, se hacen contemporáneos en su voz, voz desnuda hasta la transparencia misma, en la que sentimos depurarse una inmemorial tradición lírica, cuyos versos, ligados a una melodía, ya nacieron hechos canciones. A diferencia de los antiguos aedos o trovadores, casi todos los poemas cantados por Amancio Prada surgieron del silencio de la escritura, ajenos a la cítara o a la guitarra. Sin embargo, su refinado espíritu selectivo y sus indelebles cualidades compositivas lo hacen ser fiel tanto a los textos como a su propio estilo, al punto de crearnos la ilusión de que los poemas que vamos a oír esta noche fueron originados en el canto, tan íntima y necesaria resulta la compenetración entre música y letra. Esta impresión se acentúa más si cabe cuando escuchamos en la voz de Amancio Prada algún poema que no habíamos leído antes, como me ocurrió en mi adolescencia con el Cántico Espiritual, cuya lectura no puedo disociar desde entonces de su disco de vinilo, que tantas veces me reconfortó. Acorde con estos sentimientos, termino haciendo mías las emocionantes palabras que el porquerizo Eumeo pronuncia sobre Ulises en el canto XVII de La Odisea: «Como cuando uno contempla a un aedo que, inspirado por los dioses, canta sus palabras que seducen a las gentes, y se siente el ansia de escucharlo sin fin mientras canta, así él me tenía encantado mientras estuvo en mi cabaña». Con ustedes, este juglar exquisito, Amancio Prada.