Una rusa
A Luis Camilo Guevara y Víctor Valera Mora
Tania Voroshilov
es la rusa a quien hablo soñando.
El oso de sus pies me seduce y vuélvese nieve
todo el amor.
Todo ha sido soñar y recorrer con ella
la estepa,
todo ha sido echarme en las flautas
de su cabeza.
Todo el cuerpo de Tania Voroshilov lo he conseguido
soñando.
Al apagar la luz de mi cuarto ya la tengo,
cerca de mí, en Leningrado. Y en las aceras de la ciudad
que lleva el nombre del gran jefe,
Tania Voroshilov baila desnuda. Me entrega su iluminado sexo
en forma de alcohol.
Tania Voroshilov es como el nombre de mis lecturas
de los quince años. Allá en la mesa de aldea que humedece
la lluvia,
la foto del camarada Lenin se confundió entre libros
y yo esquié sobre su helada y calva cabeza, siempre tomado
de la mano de Tania Voroshilov.
Todos han muerto
Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me consolaba
y estaba segura, como yo,
de que habían muerto todos.
Me acostumbré a la idea de saberlos callados
bajo la tierra.
Al comienzo me pareció duro entender
que mi abuela no trae canastos de higo
y se aburre debajo del mármol.
En el invierno
me tocaba visitar con los demás muchachos
el bosque ruinoso,
sacar pequeños peces del río
y tomar, escuchando, un buen trago.
No recuerdo con exactitud
cuándo empezaron a morir.
Asistía a las ceremonias y me gustaba
colocar flores en la tierra recién removida.
Todos han muerto.
La última vez que visité el pueblo
Eglé me esperaba
dijo que tenía ojeras de abandonado
y le sonreí con la beatitud de quien asiste
a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.
Hace ya mucho tiempo que no voy al poblado.
No sé si Eglé siguió la tradición de morir
o aún espera.
De Todos han muerto (1971)
Huerto de leche
Una vaca pasta.
En el recodo la miro bajar
y siento lamer su cielo de rocío.
Está viva,
tan viva como yo y nada absurda,
limpia y alegre.
Un animal blanco de dios gira en la campiña
su rostro de misterio;
una vaca viva, deseada y hermosa.
La vida y la muerte andan por sus ojos
sin prisa,
se embellecen y pastan delirantes
en ellos.
Mi corazón
mirando la vaca del campo
se ha puesto delicioso.
Yo miro hondo en mí y siento
el paraíso.
De Arte de anochecer (1975)
Hotel Dieu
(Memoria de un poeta suicida)
Hipertenso
entre una larga cola de sedantes
y astros
reviso mi pobre amor por ti
infierno de plomo avivado por los cosmonautas
que descubrían átomos desviados en tu cabeza.
Tú y yo pertenecemos al claustro, al bajorrelieve,
al patio de un hospital donde las campanas y las
ojivas de Notre-Dame dan de comer a las gallinas
y a las viudas del apocalipsis.
El otoño ha crecido en tus sábanas de enfermo.
Allí los pájaros de mi pórtico saborean fármacos
y dosis neuróticas
vuelan sobre un Sena imaginario donde guardo vituallas
para el último viaje.
Tú sientes como yo el pavor y la alegría del cuerpo
recoges demencia del olvido en tu carne inmediata
en tus sienes de Zaratustra ahumado por la melancolía
y el destino
por la vida que se va con el tren de las seis
hacia un asilo donde tu cabeza es un poema suicida
de un cráneo amarillo que yo recuerdo con exactitud
de un ovillo
mientras las conserjes españolas tejen mis pasos
en los bancos de Luxemburgo.
Ya no te vi más después de los días de hospital.
Tu madre me avisó tu suicidio en una carta imprevista
y recordé algo de tu poema en francés
recordé que tenías 18 años
que te llamabas Levy
que tu locura y tu muerte eran una sombra
una tristeza mía que hoy agita la Osa Mayor del trópico
para que la resurrección no te sorprenda con los vacíos
del otro mundo.
De Culpas de Juglar (1996)
Bécquer
Sobre las tejas
con ganas de morir
una golondrina recorre el
mundo.
Hábitos
Mi oficio
regentar el vacío
Sólo tengo un pequeño estudio en arriendo
en Mérida
Mis tres hijas hacen y caminan sus sendas
ausentes de mí en eso de sabernos
con hábitos de familia.
Mi hijo muerto yace bajo una lápida
bajo prohibición de que grane en ella
los epitafios que para él soñé
Mis libros formaron un pobre y curvo lomo
de estantería
que algunas veces entre emoción y tragos
salen del escondrijo
y leo perturbado poemas de muerte
amor paisajes y melancolía
Regento un vacío insoportable
doloroso
esperando que mi mujer se acueste
a mi lado
recién bañada
o
diga
Vamos a bailar que salieron las vacas
y las
estrellas.
Intemperie
Eliécer
cuántos de los tuyos murieron
en la vaguada
Cuántos arrastrados por las aguas
fueron a dar en cuerpo y alma
contra las rocas del juicio final
Tú tan entregado a los trabajos y los días
agradecías al cielo el fruto de los cultivos
bebías luego tu brandy
hablabas del frío del café
de las faenas del año
trataste de salvar a tu hijo
pero el río y la noche se lo llevaron
lejos
Buscas vida en el barro
sólo encuentras cuerpos podridos
casas despedazadas
Mientras el teniente coronel
ordena el reparto de alimentos fúnebres
y campos de concentración para damnificados
Tú miras Eliécer el valle de los muertos
esperando que el mundo arranque tus ojos.
poemas inéditos
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José Barroeta (Pampanito, Trujillo. Venezuela, 1942), profesor de literatura de la Universidad de Los Andes y Dr. en Literatura Iberoamericana de la Universidad de París, participó en los grupos y movimientos que animaron la renovación poética en Venezuela en los años sesenta: Tabla Redonda, En HAA, Trópico Uno, Sol cuello cortado y La pandilla Lautrèmont, entre otros. Ha residido durante largas temporadas en Madrid, Barcelona y París. Su obra poética incluye los poemarios: Todos han muerto (1971), Cartas a la extraña (1972), Arte de anochecer (1975), Fuerza del día (1985), Culpas de Juglar (1996) y Obra poética (2001). Además, sus textos han aparecido en importantes antologías de Latinoamérica, Estados Unidos, Asia y Europa. Entre sus libros de ensayo se destacan: La hoguera de otra edad (1982) y El padre, imagen y retorno (1992). Su obra ha merecido los premios: Festival Nacional de la Juventud (1968), Pro-Venezuela de Poesía (1974) y Bienal de Literatura Miguel Otero Silva (1982).
Su escritura ha sido calificada por la crítica como fundamental en el proceso de renovación de la poesía venezolana y latinoamericana, entre otros por Ludovico Silva, Juan Sánchez Peláez, Salvador Garmendia, Eugenio Montejo, Juan Gustavo Cobo Borda y Antonio Cisneros. Margota Carrillo, crítica y ensayista venezolana, ha escrito recientemente que “La lectura que José Barroeta ha hecho del romanticismo europeo, a diferencia de la tradición romántica del continente, es la de un poeta que va a las fuentes originales de este movimiento de la modernidad, para entonces reescribir una poesía que de igual modo se nutre tanto del pequeño universo de la comarca, como del inmenso legado de la literatura y la cultura universales. De tal forma, la poesía de José Barroeta oscila entre la tradición del paisaje, el color de la tierra o la atmósfera rural y la tradición moderna del romanticismo y del vanguardismo”.


